En diciembre de 2025, miles de delegados de más de 170 países llegaron a Nairobi para asistir a la séptima Asamblea de las Naciones Unidas para el Medio Ambiente. La UNEA 7 se anunciaba como la reunión mundial sobre medio ambiente más importante de la década, un lugar donde gobiernos, científicos y la sociedad civil se unirían en torno a soluciones reales para un planeta en crisis. Sobre el papel, la asamblea prometía compromisos audaces, medidas urgentes y un compromiso renovado con la justicia.
Sin embargo, detrás de los discursos, las pancartas y los comunicados de prensa, se desarrolló una historia muy diferente. A los pueblos indígenas, que protegen algunos de los ecosistemas más biodiversos y frágiles de la Tierra, casi se les negó la posibilidad de intervenir en la sesión plenaria inaugural. Su condición de titulares de derechos, reconocida por el derecho internacional, quedó diluida en una única intervención de cinco minutos compartida con grupos empresariales e industrias contaminantes. Horas después de que el director ejecutivo del PNUMA afirmara que los pueblos indígenas podrían participar plenamente, esas garantías desaparecieron.
Esta contradicción revela una verdad más profunda. Aunque las instituciones globales reconocen públicamente la importancia del liderazgo indígena, a menudo lo socavan en la práctica. A medida que el mundo se acerca a peligrosos puntos de inflexión medioambientales, la credibilidad de la ONU depende de su capacidad para defender los derechos de las comunidades que han estado protegiendo los ecosistemas desde mucho antes de que existiera la Organización. En cambio, la 7.ª Asamblea de las Naciones Unidas para el Medio Ambiente (UNEA 7) puso de manifiesto cómo las maniobras políticas, la influencia de las empresas y la inercia de los sistemas coloniales siguen debilitando la gobernanza medioambiental mundial.
Las propias investigaciones del PNUMA muestran que los pueblos indígenas gestionan o administran tierras que contienen la mayor parte de la biodiversidad que queda en el mundo. Estas tierras almacenan enormes cantidades de carbono, regulan los ciclos del agua y protegen a millones de especies. También representan los últimos bastiones de ecosistemas intactos de los que dependen los modelos climáticos globales para tener alguna posibilidad de resiliencia a largo plazo.
Cada vez hay más pruebas que demuestran que los territorios indígenas experimentan menores índices de deforestación, minería y conversión de tierras cuando las comunidades gozan de derechos reconocidos legalmente. Al mismo tiempo, los defensores indígenas del medio ambiente se enfrentan a índices de violencia más elevados que casi cualquier otro grupo. En 2024, Global Witness informó de que un tercio de todos los defensores del medio ambiente asesinados o desaparecidos eran indígenas, a pesar de que los pueblos indígenas representan menos del seis por ciento de la población mundial. Muchos de estos asesinatos se produjeron en regiones destinadas a la minería, la agricultura industrial, la extracción de agua o el desarrollo de combustibles fósiles.
Estos hechos ponen de relieve por qué los delegados indígenas acuden con urgencia a reuniones como la UNEA 7. No son meros espectadores ni voces consultivas. Son titulares de derechos que soportan los riesgos físicos y las consecuencias generacionales del colapso medioambiental. Sus sistemas de conocimiento y prácticas representan miles de años de ciencia, observación y administración. No son simples partes interesadas. Son protectores de la vida que aún queda en la Tierra.
Por primera vez en los 53 años de historia del PNUMA, los pueblos indígenas organizaron un evento de alto nivel dentro de la asamblea. Los delegados celebraron este hito y el mensaje fue claro: los pueblos indígenas no pueden seguir siendo tratados como algo secundario en la gobernanza ambiental mundial. Si la UNEA se toma en serio la justicia ambiental y la resiliencia planetaria, el liderazgo indígena debe ocupar un lugar central en todas las etapas, desde la negociación hasta la implementación.
Sin embargo, pocas horas después de este momento histórico, la misma institución tomó medidas que lo socavaron. Se informó al Grupo Principal de los Pueblos Indígenas que no se les permitiría pronunciar un discurso de apertura por separado. En su lugar, se les pidió que elaboraran una única declaración conjunta con otros ocho grupos principales, entre los que se encontraban representantes de empresas e industrias cuyos intereses a menudo entran en conflicto con los derechos indígenas.
La decisión no solo redujo su estatus legal distintivo al de simples partes interesadas, sino que también obligó a los pueblos indígenas a negociar su mensaje junto con las mismas industrias responsables de contaminar sus aguas, contaminar sus suelos y desplazar a sus comunidades. El mensaje fue escalofriante. Incluso en el principal foro medioambiental de la ONU, las voces indígenas pueden ser silenciadas cuando resultan políticamente inconvenientes.
El intento de restringir la participación indígena no se produjo de forma aislada. Durante los días previos a la UNEA 7, los delegados indígenas describieron un entorno de negociación dominado por las maniobras políticas y la presión de los Estados miembros poderosos. Las propuestas que reforzaban la protección de los territorios indígenas se suavizaron. El lenguaje sobre los derechos y el consentimiento se debilitó mediante modificaciones discretas. Los mecanismos que podían cuestionar la extracción perjudicial se suavizaron para preservar el consenso.
Esta dinámica revela la contradicción fundamental que subyace a la diplomacia medioambiental mundial. La UNEA no puede resolver la crisis planetaria si protege los sistemas económicos que la han provocado. Muchas de las soluciones medioambientales más celebradas en la escena mundial entran en la categoría de soluciones falsas. Prometen sostenibilidad, pero se basan en la misma lógica extractiva que socava la soberanía indígena. Los centros de hidrógeno, la minería en aguas profundas, los sistemas de comercio de derechos de emisión de carbono, la captura de carbono y la conservación privatizada siguen avanzando porque sirven a los intereses de las industrias poderosas, no a los de las comunidades.
El Grupo Principal de los Pueblos Indígenas señaló directamente esta contradicción en su intervención inaugural en la sesión plenaria. Como afirmó Chana Nin en nombre del grupo, las salas de negociación están fallando al mundo al habilitar mecanismos que favorecen un sistema colonial y extractivista. Este sistema considera a las personas y la naturaleza como recursos que deben explotarse y venderse con fines lucrativos. Recompensa la contaminación y el desplazamiento, al tiempo que margina a las mismas comunidades que defienden lo que queda de un planeta habitable.
Durante la UNEA 7, los delegados indígenas expresaron de manera consistente las mismas demandas. Defender el derecho a la autodeterminación. Respetar el consentimiento libre, previo e informado. Garantizar la plena participación en todas las decisiones que afecten a las tierras, los cuerpos y las comunidades indígenas. Proteger a los defensores de la tierra y el medio ambiente que arriesgan sus vidas en primera línea de la extracción. Garantizar que se respete el derecho internacional en lugar de debilitarlo mediante negociaciones políticas.
No se trata de gestos simbólicos. Son condiciones esenciales para una acción medioambiental eficaz. Cuando los sistemas y prácticas de conocimiento indígenas guían la gobernanza medioambiental, los ecosistemas se mantienen más saludables y resilientes. Cuando las comunidades indígenas tienen derechos seguros sobre la tierra y el agua, los bosques permanecen en pie y los ríos fluyen más limpios. Cuando se protege a los defensores en lugar de criminalizarlos, la biodiversidad prospera.
Al mismo tiempo, los líderes indígenas aportan una claridad que a menudo falta en las negociaciones de la ONU. Entienden que la verdadera justicia ambiental requiere desmantelar los sistemas económicos que tratan la tierra como una propiedad y a las personas como obstáculos. Saben que las medidas contra el cambio climático y en favor de la biodiversidad no pueden tener éxito cuando se permite que los contaminadores y las industrias extractivas determinen la política ambiental. Insisten en soluciones que prioricen el bienestar colectivo por encima de las ganancias.
La publicación del informe Perspectivas del Medio Ambiente Mundial del PNUMA durante la séptima sesión de la Asamblea de las Naciones Unidas para el Medio Ambiente (UNEA 7) reforzó lo que los pueblos indígenas llevan décadas diciendo. El planeta se encuentra en una situación peligrosa. Las naciones están muy lejos de cumplir los objetivos climáticos mundiales. La contaminación sigue aumentando. La biodiversidad se está colapsando. La degradación de la tierra se está intensificando. Estas tendencias suponen un riesgo existencial no solo para las comunidades indígenas, sino para toda la humanidad.
Si el mundo sigue marginando a los pueblos indígenas en la toma de decisiones medioambientales, las consecuencias serán irreversibles. Los últimos ecosistemas intactos no pueden sobrevivir sin las personas que los han cuidado a lo largo de generaciones. Las estrategias climáticas más eficaces no pueden tener éxito sin el liderazgo indígena. La gobernanza medioambiental no puede recuperar su integridad sin respetar los derechos de los más afectados por la destrucción ecológica.
La UNEA 7 demostró que, aunque las instituciones globales reconocen estas verdades en público, todavía les cuesta actuar en consecuencia en la práctica. El camino a seguir requiere algo más que un reconocimiento simbólico. Requiere un cambio estructural. Los delegados indígenas no deben verse obligados a compartir declaraciones con intereses corporativos. No deben ser silenciados cuando su defensa amenaza a las naciones poderosas. Sus derechos no deben ser sacrificados en nombre del compromiso diplomático.
La justicia ambiental es imposible sin la justicia indígena. La resiliencia planetaria es imposible sin la resiliencia indígena. Las decisiones que se tomen en la UNEA 7 darán forma a la política ambiental durante generaciones. La pregunta es si las Naciones Unidas están dispuestas a apoyar a las comunidades que han defendido la vida en la Tierra o si seguirán cediendo ante los intereses de quienes se benefician de la extracción.
El mundo no puede permitirse el lujo de volver a elegir el bando equivocado. Los pueblos indígenas han demostrado lo que es el verdadero liderazgo medioambiental. Han ofrecido vías basadas en la reciprocidad, el respeto y la supervivencia colectiva. Ahora es responsabilidad de las instituciones mundiales seguir ese liderazgo o arriesgarse a perder los sistemas vivos que nos sustentan a todos.
Fuentes y Lecturas Adicionales
12/10/2025 – Este artículo ha sido escrito por el equipo de FalseSolutions.Org